miércoles, 2 de mayo de 2012

"Cantábamos el himno en medio del frío y la oscuridad de la balsa"

"Cantábamos el himno en medio del frío y la oscuridad de la balsa"
Héctor Moita mira el cielo y la bandera argentina que flamea en lo alto de la base naval de Puerto Belgrano. De golpe, como cada 2 de mayo, le vuelve el olor a café recién sacado de la hornalla en la cocina de la cámara de oficiales del buque y un instante después el cimbronazo, el golpe seco del primer torpedo y el ardor en la pierna por el líquido caliente derramado. Un momento de silencio, el segundo estallido y luego gritos apagados, desconcierto y lo inevitable de la tragedia. El hundimiento del crucero.
 
"Hacía ocho meses que estaba embarcado, como colimba, claro. Trabajaba de mozo para los oficiales. Fue un instante terrible. Los oficiales corrían hacia cubierta. Todo estaba oscuro. Enseguida llegó la orden de abandonar la nave. En mi balsa éramos 20 y estuvimos más de 36 horas a la deriva. Todos estábamos con principio de congelamiento cuando nos rescató el aviso Gurruchaga", recuerda Moita, nítido, como si no hubieran pasado 30 años.
 
Héctor es de Bonifacio, un pueblo cercano a Guaminí y por cada fecha del hundimiento no duda, siempre que puede, reunirse con sus camaradas para conmemorar el artero ataque del submarino Conqueror.
 
"En un momento, después del naufragio, mientras el frío, la oscuridad y las olas nos zarandeaban en la balsa, se escuchó cantar el Himno. A pesar del agotamiento, los 20 de mi bote, lo cantamos", le dijo Héctor a Diagonales.com
 
Moita revive el momento del rescate: "El aviso Gurruchaga, el barco que nos terminó salvando, tenía una tripulación de noventa hombres. Cuando descendimos en Usuhaia, tocamos tierra 360 personas". Nos dieron lo que no tenían. Comida. Ropa, frazadas".
 
"Tuve suerte, no me quedaron secuelas físicas ni psíquicas. Pero demás está decir que lo que pasó es imborrable", concluyó Moita.