Tiene cinco años y espera un corazón; en su muro recibe palabras de aliento.
Por Fernando Massa.
En una sala de la unidad coronaria intensiva del hospital Garrahan, Maia Guadalupe Coman, de cinco años, lleva un año y tres meses conectada a un corazón artificial a la espera de un trasplante.
Mientras tanto, a través de la página de Facebook que lleva su nombre, ella le muestra al mundo las enormes ganas de vivir que tiene. Incluso, ese espacio se ha vuelto un lugar de conexiones solidarias: en su muro recibe palabras de aliento de quienes estuvieron en la misma situación y ya pudieron recibir un nuevo órgano, y el apoyo y la comprensión de los que, como ella, aún siguen a la espera.
"La idea es que la gente pueda ver a Maia y que ella misma muestre las ganas de vivir que tiene y cómo pide otra oportunidad. Además, sirve como apoyo psicológico. Así nos enteramos de las alegrías de unos y las tristezas de otros", dice a LA NACION Cristian Coman, el padre de Maia. Además, a través de ese perfil en Facebook, que sus padres abrieron especialmente luego de que ella quedara internada, cuentan novedades de su hija o avisan de las distintas campañas de concientización para la donación de órganos que van armando.
Con apenas dos meses de vida, a Maia le detectaron una miocardiopatía dilatada. Con medicamentos pudieron detener el crecimiento del corazón, pero sólo hasta los cuatro años. "Ella quedó internada el 7 de febrero del año pasado en el Garrahan y diez días después la conectaron de urgencia -dice Cristian-. Desde entonces, ya llevamos todo este tiempo a la espera del milagro y tratando de que ella no decaiga. Es mucho tiempo y las cosas que vive cada día en terapia no le hacen bien. Hace muchas amistades y ve que los demás se van yendo."
El 11 del mes pasado Maia bajó al quirófano y la prepararon para un trasplante. Había un corazón compatible para ella. Pero a las dos horas le avisaron a la familia que no podía ser operada porque el corazón del niño que lo había donado se había dañado con electroshocks para reanimarlo. "Fue terrible para todos. ¿Cómo explicarle a ella lo que pasó? Le dijimos que los médicos se equivocaron, que necesitaba uno de princesa y éste era de príncipe", cuenta Cristian.
El día en que su hija ingresó en el Garrahan, él le prometió que se iba a quedar con ella hasta que salieran juntos de ahí. Que iban a ir pescar a Entre Ríos como lo había hecho toda la familia un mes antes de que ella quedara internada. Cristian tuvo que dejar su trabajo como chofer de un camión para poder acompañarla. Mientras tanto, su esposa se encarga de sus otros tres hijos allá en su casa de Gran Bourg, en Malvinas Argentinas. Por ahora van tirando con un subsidio y la asignación universal por hijo.
"Maia es consciente de todo lo que está viviendo -dice su padre-. Extraña a sus hermanos y quiere que le den una segunda oportunidad. Lamentablemente tiene que partir un angelito para que otro siga viviendo."