jueves, 21 de febrero de 2013

Una sociedad que todavía no integra la discapacidad.

En la Argentina nunca es fácil manejarse con estadísticas fidedignas, muchas veces por falta de datos actualizados y otras, porque están hasta groseramente distorsionados. Por ello, y porque la información del último censo todavía no está procesada, es que para hablar y reflexionar sobre discapacidad en nuestro país hay que acudir a la Encuesta Nacional de Personas de 2004, según la cual el 20,3% de los hogares del país cuenta con al menos uno de sus miembros con discapacidad.
 
Cuando se empieza a tratar este tema en profundidad, se comprende que siempre va mucho más allá de las personas, de los individuos que tienen una cierta discapacidad -sea por nacimiento, por accidente, por vejez o por cualquier otra circunstancia vital-; abarca, en primer lugar, al núcleo familiar y, luego, a la comunidad en que esa familia está inserta.
 
En el ámbito familiar es donde los roles deben reorganizarse rápidamente, una tarea nada fácil, porque muchas veces se encuentran solos para lograrlo. Cuanto más pronto se alcance ese equilibrio, es evidente que tanto la persona con capacidades diferentes como el resto de los miembros de su familia podrán adaptarse a la nueva realidad. Luego viene la etapa de salir al mundo exterior, y aunque hay amigos, compañeros de trabajo y muchos conocidos dispuestos a ayudar, lo cierto es que la sociedad argentina no parece preparada para interactuar diariamente con personas con discapacidad. De allí los innumerables inconvenientes que sufren para integrarse en las escuelas, en el ámbito laboral, para obtener reconocimiento ante el sistema médico para sus tratamientos, o para lograr algo tan personal como casarse y tener hijos.
 
De allí que sean tan importantes las redes de apoyo externas que se han creado, sobre todo desde el sector de las ONG, en donde tanto las personas con capacidades diferentes como sus familiares encuentran una comprensión profunda en los profesionales y los voluntarios, imprescindible para luchar contra sus miedos y obstáculos, a veces tan difíciles de superar para todos.
 
Corresponde al Estado, muchas veces ausente, hacer cumplir las leyes, muchas y muy sabias, dictadas para buscar la inclusión de esta parte de la sociedad y que se cumplen muy parcialmente, sobre todo en lo relacionado con la inserción laboral. Pero al resto de la sociedad, a aquellos que están al tanto del tema y a los que se enteran ahora gracias a la difusión que hacen los medios de comunicación, corresponde también asumir que con nuestro apoyo también las personas con discapacidad van a poder sentirse ciudadanos plenos, con una calidad de vida digna.