El Estado bobo post liberal
Buenos Aires, 10 de marzo de 2012 - La gran proeza de estas palabras que estoy a punto de ir hilvanando sería que consiguieran generar, después de un cierto recorrido, un denominador común. Porque éste es una especie de salpicón, y si no es de ave, es un salpicón de acontecimientos que hoy día nos atraviesan a los argentinos en la zona metropolitana, que suele ser el escenario principal con repercusiones en todo el país, un país cada vez más unitario que nunca, y también en el resto de la república.
Buenos Aires, 10 de marzo de 2012 - La gran proeza de estas palabras que estoy a punto de ir hilvanando sería que consiguieran generar, después de un cierto recorrido, un denominador común. Porque éste es una especie de salpicón, y si no es de ave, es un salpicón de acontecimientos que hoy día nos atraviesan a los argentinos en la zona metropolitana, que suele ser el escenario principal con repercusiones en todo el país, un país cada vez más unitario que nunca, y también en el resto de la república.
Los acontecimientos de ayer en torno de la Villa 31 aquí en la ciudad de Buenos Aires, están revelando que, de una manera definitiva para quienes hoy ejercen el poder en la Argentina, el trabajo no es un valor. Trabajar no dignifica, lo que dignifica es reclamar.
Digo esto porque una consecuencia, una vez más, del brutal colapso que sufrió ayer el tránsito en la ciudad de Buenos Aires es que una cantidad no determinada de seres humanos que viven de su trabajo, y no de prebendas, ni de planes, ni de ayudas, ni de moratorias, no pudo cumplir con sus tareas. Más allá de la justicia o injusticia del reclamo de veinte o treinta padres de niños de la Villa 31, que alegan que no tienen un vehículo para que sus chicos vayan a estudiar bastante más lejos de donde viven, lo que hay que subrayar, recuadrar y enfatizar es la técnica, la metodología, la tecnología del apriete en la Argentina: "si no me das dos micros te corto y te provoco un caos monumental". Pero ése es apenas un episodio, es como una foto más de tantas.
¿Quién puede estar en desacuerdo con el reclamo melancólico, emocional, de la gigantesca hinchada de San Lorenzo, de retornar algún día a la zona de Boedo en donde jugaron durante tantas décadas? Ese estadio no existe más, fue demolido. En ese predio hay ahora un supermercado. Pero supongamos que fuera factible, desde el punto de vista económico, legal, jurídico e institucional, que San Lorenzo regresaran a ese predio. Ese reclamo, vale decir, el irredentismo sanlorencista que consiste en decir "tenemos que volver ahí sí o sí porque es nuestro barrio" ¿vale el precio de que la ciudad haya quedado trastornada el día jueves?
La ciudad tuvo una suerte de muro de Berlín ese día: entre el centro y el resto de la ciudad no se podía transitar porque realmente la hinchada de San Lorenzo había provocado, con la muchedumbre que se concentró, un colapso.
Ni siquiera acá se puede acusarlos de intencionalidad política. Todo reconoce una misma madre y esa madre precisamente es la inexistencia del principio de autoridad. La autoridad es reaccionaria, así postula hoy la sabiduría convencional argentina.
Sin embargo, en el medio de este maremágnum de acontecimientos ilegales permanentemente justificados, racionalizados, naturalizados y aceptados, discurre algo que comienza a ir más allá, incluso, del propio oficialismo. Forma parte de aquellos que están horrorizados del precio que tuvo que pagar o que quiso pagar del gobierno de la provincia de Santa Fe por un recital. Más allá de los 100.000 dólares que se llevó el señor Rodolfo "Fito" Páez, esto está revelando un orden de cosas, un escalafón de prioridades que sorprende y revela una cultura que inclusive desborda los márgenes del oficialismo propiamente dicho.
Me animaría a llamar a esta cultura, un populismo ramplón, consistente en llenar de gente las plazas y darles espectáculos. Los padres, estos 20 o 30 padres de los chicos de Villa 31, decían "me tienen que asegurar el micro", "me tienen que llevar a los chicos", o sea es una cultura de tener derechos, pero nunca obligaciones. "Me tenés que hacer escuchar a Fito Páez, cueste lo que cueste". ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué hay que pagar ese dinero un músico que hace poquito decía que le daba asco la ciudad de Buenos Aires, quizá porque no le pagaban lo que él pedía?
En este punto, impresiona el hecho de que una estrella de rock llegue a la Argentina y, al igual de lo que pasó en la década de los noventa con los Rolling Stones, tenga el acceso a la residencia presidencial o a la Casa de Gobierno, a la que no tienen acceso los dirigentes opositores, ni el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, ni siquiera el muy peronista secretario general de la CGT. La pregunta es elemental, ¿por qué Roger Waters sí y Hugo Moyano no? ¿Por qué Roger Waters sí y Mauricio Macri no?
Es que hay una cultura de estrellas de rock, una cultura que implica un puro maquillaje. No discuto las características estéticas de ninguna funcionaria, ni de ningún funcionario del Gobierno, no es mi tarea. Pero aquella frase de "pintado como una puerta" describe no solamente una conducta individual, sino también una conducta política general. Hay más de una persona pintados como una puerta. Y lo cierto del caso es que para que esto se siga desarrollando, se recurre a todos los recursos, valga la redundancia. Se apela a todos los recursos. Lo de la Villa 31 es poco menos que evidente. Hay hace muchos años, desde 2003, un proyecto de convertir a los asentamientos más pobres de la Ciudad de Buenos Aires en ariete multipropósito: para apretar, extorsionar, generar a través de sus coerciones los resultados que se proponen.
En definitiva, todo esto habla de una sociedad en donde a nivel nacional y también en algunos niveles provinciales, como lo demuestra el recital de Fito Páez en Santa Fe, hay un Estado bobo. Paradójicamente, los que denuncian al neoliberalismo que desarmó al estado en gran medida, patrocinan un estado ausente, un estado bobo, un estado que es cómplice. Pero no nos equivoquemos: es hoy un Estado y un Gobierno que lo ha colonizado, que también es responsable directo de lo que sucede.
©pepeeliaschev